(Foto: John Silas Reed)

Por Galo Vallejos Espinosa

Periodista, escritor y docente. Doctorando UPV.

El gran cronista de la Revolución Rusa (1917) fue un estadounidense, un periodista nacido en la ciudad de Portland, llamado John Silas Reed, quien narró en Diez días que conmocionaron al mundo las jornadas de los trabajadores rusos para hacerse con el poder. De él y de su pluma -que cubrió, entre otros acontecimientos, la Revolución Mexicana y la Primera Guerra Mundial- no se habla o apenas se lo hace en las facultades de Comunicación o de Periodismo, en las salas de redacción de los medios de comunicación; ni qué decir en otros niveles, por lo menos en lo que se refiere a la formación académica. Así como sucede con la propia Revolución de Octubre, la cual es una suerte de incorrección política para entornos que tienen como paradigmas -o por lo menos eso pretenden sin decirlo abiertamente- los más “elevados” principios liberales.

En medio de la televisación de la mayoría de actividades humanas a partir del último cuarto del siglo pasado, el “homo videns”, al estilo de la teorización aterrizada por Giovanni Sartori, devenida en la dependencia de los aparatos electrónicos en la actualidad, llegó hace treinta y seis años la biografía de Reed, vía Hollywood, en el monumental filme Reds, del actor y director Warren Beatty, premiado con el Óscar a la mejor película en 1980. Curiosamente, en la desaparecida Unión Soviética, meses después, se estrenaba un filme sobre el mismo personaje, Campanas Rojas (protagonizado por los famosos occidentales Franco Nero y Ursula Andress). ¿Temas de la Guerra Fría? Lo más probable. Más allá del cine, Reed, el periodista, se convirtió en político y pasó a formar parte de la plana mayor del gobierno soviético hasta que murió de tifus en 1920, a los treinta y dos años de edad. Fue enterrado en la Plaza Roja de Moscú.

Reds

En Estados Unidos el fallecimiento del colega en los diarios de aquellos días se reflejó tímidamente en los medios de comunicación de la época.

¿A dónde quiere llegar este texto? A que el Periodismo, como toda actividad humana, sobre todo vinculada a las Ciencias Sociales, tiene una intencionalidad, una carga por demás subjetiva en sus metas, en sus agendas. Siempre tomando en cuenta que las metodologías de ejercer y desarrollar la profesión, en otras palabras su rigurosidad, tienen parámetros definidos alrededor del orbe, así como la posibilidad de mostrar o no determinados personajes, hechos, lugares, entornos, coyunturas. Tomando en cuenta que hacer periodismo es reportear, investigar, contar, ver y reflejar al mundo, no solo opinar de él como pretenden ciertos espacios surgidos en los últimos tiempos en el espacio digital.

La agenda del trabajo de Reed era política y, por ello, a él se le hacía cada vez más difícil publicar en su país de origen. Igualmente de política fue la decisión de los medios estadounidenses de silenciar su trabajo, su vida, su obra, su deceso. O de cierta Academia para ignorarlo o relativizarlo. Porque el trabajo de los medios de comunicación tiene matices. No es incoloro. El tema es que los medios no siempre transparentan desde dónde difunden la información y la opinión que brindan a las audiencias, motivados por una escuela estadounidense positivista del periodismo, que ha cobijado a su “patio trasero” en lo que se refiere a prácticas de comunicación masiva.

El periodista español Miguel Bastenier sostiene que la objetividad en el oficio es una utopía y que, además, tampoco se la necesita, sino que el paradigma máximo para este colega es la honestidad. ¿En qué consiste este rasero? Da pocas pistas, más allá de los lugares comunes acerca de reflejar los hechos sin comprometerse con nadie. Sin embargo, sostiene que el desafío consiste, precisamente, en “determinar dónde comienzan o terminan esos hechos, qué contextualización precisan, qué lugar ocupa cada uno de ellos en el texto general”. No se detiene a reflexionar en qué hechos reflejar, en la agenda de los medios, en la predisposición de radios, diarios, canales de televisión o sitios electrónicos para dar cabida a tal o cuál hecho, para contextualizarlo o no históricamente, políticamente.

Ahora aterricemos aún más el tema, tomando en cuenta cómo los medios disponen de su agenda y cómo esa agenda marca su paso político. En el Ecuador en particular, y en los gobiernos de corte nacionalista y reformista de la región como Venezuela, Bolivia y hasta hace poco Argentina en general, esa motivación política se ha hecho evidente en los últimos años. Con medios de comunicación privados que ponen énfasis en reflejar de manera especial las contradicciones del régimen de turno, aparece un conglomerado que es parte de un aparataje público-gubernamental enfocado en hacer propaganda oficialista y, también -aunque con menor potencia-, de visibilizar a ciertos grupos antes en cuarto o quinto plano como los indígenas y los afro descendientes.

Esas motivaciones políticas han puesto en el tapete debates y cuestionamientos acerca de la democracia, de su vigencia y de sus motivaciones. En general, tirios y troyanos muestran a discreción argumentos políticos que justifican acciones de la misma clase, encerrándose en posiciones más bien limitadas acerca del juego democrático, evidenciando sus preferencias políticas y sin mayor sustento teórico e histórico.

El caso de Venezuela es quizá uno de los más clarificadores. El país, luego de más de tres lustros de “revolución”, cae en picada por diversos factores. Los medios privados, de derecha particularmente, evidencian la crisis como si se debiera exclusivamente al chavismo. Ese país, con una de las riquezas petroleras más vastas del planeta, ha sufrido desde que empezó a explotar el hidrocarburo en su territorio a inicios del siglo pasado. Más allá de las obras urbanísticas que modernizaron Caracas y un puñado de ciudades, la desigualdad se disparó, con gobiernos que patrocinaban la acumulación de unos cuantos capitalistas y permitían cierto goteo que llegaba a los estratos medios, mientras la clase trabajadora en general quedaba a su suerte y era campo fértil para la llegada de un caudillo, como el que finalmente apareció. Es decir, no se mira al caso con una necesaria contextualización para comprenderlo en su totalidad. Quien haya estado en Caracas antes y durante el chavismo sabe de lo que hablo. La violencia de esa ciudad, rodeada de barrios miseria, era incontenible desde antes de la llegada del controversial militar a Miraflores.

Las agendas de los medios también marcan su rumbo político. Privilegiar sucesos, deportes o farándula es una apuesta en ese sentido. Páginas y páginas de lo hacen o no los equipos de fútbol, del escándalo del artista o de la crónica roja del momento maquillan realidades de inmensas necesidades para la población, sobre todo en estos tiempos de crisis. Se trata de debates que abundan en las llamadas redes sociales y que abarcan áreas que son más bien accesorias en la vida cotidiana, pero sirven de cortina de humo en períodos históricos como el que vivimos. Tiempos que son maquillados por los medios con abundante información de esos temas, en espacios mucho más amplios que aquellos que se dedican a contar las razones o las sinrazones de la crisis, lo turbio del manejo político y las inmensas necesidades de la mayoría de seres humanos.

Que un periodista en los tiempos actuales se dedicara a relatar los intrincados procesos sociales como lo hizo Reed pudiera provocar su aislamiento o su suicidio profesional. Sobre todo si no lo hace desde los principios que supuestamente todos deberíamos apoyar y que están vinculados a la democracia liberal. Es un tema del que poco o nada se habla. Sobre todo tomando en cuenta que el periodismo tal y como lo conocemos nació con el surgimiento del gran capital a finales del siglo XIX, estrechamente vinculado con los intereses de la consolidación de ese sistema. ¿Se puede hacer otro tipo de periodismo? La apuesta está ahí, hay resquicios, pero en un mundo unipolar, evidentemente, es todo un desafío.

 

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