Por Mónica Mancero Acosta

Mercedes Prieto, docente investigadora de Flacso, tiene a su haber un magnífico libro titulado Liberalismo y temor, imaginando los sujetos indígenas en el Ecuador postcolonial. En este estudio, la doctora Prieto muestra cómo el liberalismo, en la primera mitad del siglo XX, se erigió como sistema político instrumentalizando el temor de las élites hacia los grupos indígenas en el país. Parafraseo su título para indicar cómo un proceso algo similar, conservando las obvias diferencias, se reproduce estos días en un mundo supuestamente globalizado.

El Brexit o salida del Reino Unido de la Unión Europea, aprobado por una estrecha mayoría, ha generado conmoción en Europa. Varios análisis tratan de explicar las razones de esta decisión tomada por las sociedades de dos de los cuatro países que lo conforman: Inglaterra, Gales, Irlanda del Norte y Escocia. Estos análisis señalan que las consecuencias para el propio Reino Unido en el nivel económico y político son incalculables, por lo pronto cayó en picada la libra esterlina y podría ocasionarse una desmembración de Escocia e Irlanda del Norte del Reino Unido, países que votaron por la permanencia. Además, debe dimitir el Primer Ministro Cameron. Estos análisis responsabilizan al propio Cameron, quien por zanjar una disputa interna de su partido y del ala conservadora, puso este tema complejo y de carácter técnico en el tapete para una votación popular que fue fácilmente manipulable por las agendas separatistas, nacionalistas y xenófobas. Esto nos muestra los límites que, en algunos casos, puede tener la propia democracia directa.

Las consecuencias para Europa también serían importantes, un efecto latente es la posibilidad que otros países opten por la misma vía, lo que pondría eventualmente en riesgo un sistema de integración largamente madurado como el europeo. Estos resultados ponen en evidencia aquello que en teoría de la integración se decía ya hace tiempo, es necesario construir la integración desde las sociedades antes que desde los Estados. Además de que no basta con mecanismos comerciales o económicos, sino que se debe trabajar más los aspectos sociales y culturales.

Escuchaba en una entrevista, en medios europeos, a personas mayores de nacionalidad inglesa quienes opinaban lo increíble que les resulta a ellos cómo Inglaterra se somete a los dictámenes de Bruselas, cuando antes eran los ingleses los que decían al mundo lo que tenía que hacerse. Es decir, un imaginario de un pasado colonialista también jugó en la campaña y en el resultado. Los conflictos generacionales también emergieron cuando se comprobó que los jóvenes prefieren permanecer mientras que los viejos escogieron salir, así han terminado decidiendo unos por otros, quienes finalmente vivirán más tiempo las consecuencias del Brexit.

El verano pasado tuve la oportunidad de visitar esa región y me sorprendió encontrar particularmente en varias ciudades de la gran Inglaterra de la Revolución industrial, barriadas enteras de antiguos enclaves industriales que habían entrado en una profunda crisis con las políticas neoliberales de Thatcher de privilegiar al capitalismo financiero sobre el industrial, y casi se habían vuelto zonas marginales con significativos niveles delictivos. Era visible que había problemas sociales y económicos, que hoy fueron aprovechados a través de la estrategia del temor.

El miedo, el nacionalismo conservador y el racismo han sido los elementos que han jugado para que el electorado se haya convencido a través de los discursos de los líderes de la derecha conservadora. Hay que decir que se acusa de burocratización y de instaurar una tendencia neoliberal en la Unión Europea, factores que aparentemente pesarían menos en la decisión tomada. Lo preocupante es que vientos similares soplan por Norteamérica, pues también allí el candidato del partido conservador Donald Trump ha manipulado el temor hacia el terrorismo, la pérdida de empleos, la delincuencia que, supuestamente, generarían los migrantes.

En los procesos de colonialismo europeo se sometieron a regiones enteras, y las “regulaciones” cuando las había, siempre estuvieron a favor de los colonizadores. Hoy somos testigos de cómo la globalización se retuerce en el norte para protegerse de los desplazamientos de refugiados provocados por guerras, por conflictos étnicos o religiosos, o por crisis económica. Los escenarios que se abren son inciertos y podría irse de las manos de los dirigentes europeos los alcances del Brexit. Los bloques regionales sólidos podrían ceder definitivamente a favor de una multiporalidad, del aparente retorno de los estados nación y una recuperación de soberanía, como eje de configuración hegemónica, en caso de debilitarse el bloque europeo. Acá, en nuestro rincón, la ciudadanía universal no ha pasado de ser una bonita frase que ha escondido también sus propios temores.

 

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