Lizardo Herrera[1]

Whittier College

A Iván Garcés

Reconocido fotógrafo ecuatoriano

Iván: [En la rehabilitación], … recuperas el lenguaje y el sentido crítico frente al mundo.

Autor: ¿El adicto pierde el lenguaje?

Iván: Sí, se vuelve un discurso bastante delirante e inconexo donde la conciencia se diluye y tiene un solo propósito… manipular y obtener [más droga] .[…]

Por el tratamiento arduo y constante a toda hora durante días, a veces dos tres días sin dormir, en maratones de terapia, generalmente para tratar asuntos fuertes que nos resistimos a hablar. […]

Hacer círculo, pasar al medio y empezar a hablar tus verdades, tus dolores, tus culpas…tus experiencias traumáticas (…) todo lo que te atormenta. Cuando no duermes, bajan tus defensas conscientes, eres más susceptible de hablar sin barreras. […]

En terapia, especialmente maratónica, el agotamiento te hace hablar y hablar, la gente va aportando sus propias experiencias, ves que no eres el único, que no valía la pena callar. […]

Aprendes a sentir las emociones sin necesariamente actuar sobre ellas, y aprendes a sentir y expresar lo elemental de la inteligencia emocional y los hábitos de sociabilidad perdidos.

El panóptico ciego (2015), documental dirigido por Mateo Herrera y escrito por Jorge Núñez, reconstruye la memoria del antiguo Centro de Rehabilitación de Mayores de la ciudad de Quito. La cámara recorre el antiguo penal, pero en lugar de mostrarnos el vacío de una cárcel ahora deshabitada, nos presenta otras voces, no la oralidad de los prisioneros, autoridades o expertos, sino la de los objetos, paredes, celdas, etc., que dan testimonio de una experiencia sensorial que desbordó con mucho el orden institucional y el afán disciplinario.

El panoptismo, resumiendo a grosso modo las teorías de Michel Foucault, es un dispositivo disciplinario cuya meta es transformar a los sujetos en cuerpos dóciles. El panóptico ciego, sin embargo, da la vuelta al argumento foucaultiano y reconstruye una memoria que logró ocultarse, escapar, del ojo panóptico por 139 años. El edificio del antiguo penal o centro de rehabilitación, en este sentido, se constituye en un inmenso archivo que no se agota en la palabra escrita de los documentos oficiales; es a su vez la caleta –el escondite– de quienes lo habitaron y que, en su día a día, inventaron diversas artimañas, astucias, triquiñuelas con el propósito de cegar la mirada omnipresente de la vigilancia.

En este ensayo, voy a enfocarme en un aspecto de este recorrido por la memoria: el consumo de la droga, consumo que también da cuenta del panoptismo y su ceguera. La droga, en el documental, está inmersa en una paradoja. Por un lado, se trata de un mecanismo de liberación que permite a los internos escapar del estigma social, de la mirada vigilante y la opresión, en tanto borra una conciencia culposa y atormentada; sin embargo, por otro, es un consumo autorreferencial que solo se satisface a partir de un consumo aún mayor. Cuando el deseo de liberarse, citando al narrador, se convierte en adicción, deviene en esclavitud. La necesidad de drogarse desplaza la sobrevivencia a un segundo plano y toda la energía se concentra en la siguiente dosis.

La droga, al igual que la arquitectura del ex-penal, también es parte del archivo del panóptico ciego. La sociedad de control –recuperando el conocido concepto que Gilles Deleuze retoma de William Burroughs cuando estudia la obra de Foucault–, al mismo tiempo que impone una culpa –un estigma– a los usuarios de estas substancias para justificar su política de índole militar-represiva, llega a sus propios límites en tanto el consumo de estupefacientes desborda el ideal controlador y la subjetividad que busca construir. El uso de narcóticos, desde este punto de vista, no únicamente da cuenta de la resistencia de los consumidores o los adictos devenidos en seres desechables, sino, ante todo, de un mundo violento en donde los discursos disciplinarios y reguladores o los procesos de subjetivación se descontrolan así mismos ante la incesante emergencia de nuevos puntos ciegos.

La conciencia del encierro y su punto ciego

El panóptico ciego nace del encargo del Ministerio de Justicia del Ecuador para que un grupo de investigadores documente el recientemente clausurado (abril, 2014) ex-Penal García Moreno. Los realizadores aceptan el encargo y, en el proceso, descubren el archivo de la institución en la torre de control. Tras este descubrimiento, su trabajo ya no se limita a documentar o sacar imágenes del centro carcelario, sino fundamentalmente a rescatar la memoria de los antiguos prisioneros para evitarles un segundo castigo: la condena del olvido.

El panóptico ciego nos habla de un centro penitenciario cuya idea de futuro o rehabilitación fracasó. La antigua cárcel cerró debido a que, entre muchas otras cosas, presentaba niveles alarmantes de hacinamiento, maltrato a los internos; o sea, antes que un centro de rehabilitación, era un centro de tortura física y psicológica. Este fracaso, conviene indicar, no se debe exclusivamente a factores externos o al diseño de una mala política institucional, sino también al accionar cotidiano de los prisioneros, quienes desarrollaron, como se mencionó al inicio, múltiples maneras para escapar de la vigilancia y cegar los centros de control panóptico convirtiendo la antigua prisión en el escenario de una lucha cruel por supervivencia.[2] Jorge Núñez, guionista del documental, realizó una magnífica etnografía del ex-penal entre el 2004 y 2005 y en su libro, Cacería de Brujos, se pueden rastrear algunas de estas prácticas.

En la escena más importante para nuestro análisis, la cámara empieza su recorrido en los exteriores de la torre de control; ingresa en ella y atraviesa el desordenado archivo (recién descubierto) hasta cruzar una puerta que le lleva a adentrarse en las profundidades de la antigua prisión. Mientras el narrador, la voz de Núñez, da cuenta de la presencia de la culpa cristiana en el expenal y explica las estrategias de los internos para bregar con ella: el consumo compulsivo de drogas y el consumo también compulsivo de religiosidad; la cámara recorre el lugar mostrándonos las rejas de hierro de los pabellones, las puertas metálicas a través de cuyas rejillas, la lente escudriña el interior de las celdas y en donde aparecen un sinnúmero de objetos abandonados. Este recorrido de la cámara, valga aclarar, es una constante no solo en esta escena, sino a lo largo de todo el documental.

La cárcel vacía, tal como lo señala la cineasta-escritora ecuatoriana, Ana Cristina Franco Varea, recuerda a una enorme nave abandonada, llena de fantasmas. El recorrido de la cámara, de este modo, se mimetiza con una nave a la deriva en donde los principios rectores de la rehabilitación se desmoronan ante la historia concreta y las prácticas cotidianas de los internos. La cámara de Herrera reproduce el viaje de una nave sin rumbo –imagen también del panóptico ciego en que devino la antigua cárcel quiteña– y, en su recorrido, se adentra en las profundidades y recovecos de una edificación ahora deshabitada y corroída por el uso aunque, bajo ningún aspecto, vacía. Las inscripciones en las paredes, los objetos abandonados, las imágenes decorativas, etc., son espectros saturados de un cúmulo de memorias atormentadas que luchan por hacerse audibles para comunicarnos su dolor y, en particular, para hacernos partícipes de una culpa (mala conciencia) imposible de sobrellevar.

El antiguo penal de Quito confirma las tesis de Foucault cuando sostiene que el paso de la tortura al encierro como forma de castigo no significó el arribo del progreso o una etapa más humanitaria, sino más bien la emergencia de una nueva estructura de poder. Tras este cambio, ya no se trata de inscribir el castigo sobre el cuerpo por medio del suplicio o matar al condenado, sino de administrar su conciencia, de adentrarse en el alma del sujeto para convertirlo en un sujeto dócil de acuerdo con las formas de acumulación de nueva época en donde el robo empezó a destacar como el delito más frecuente.

La vigilancia individual y la disciplina, según el filósofo francés, se convierten en una tecnología de producción del nuevo tipo de sujeto. El panóptico, en consecuencia, da paso a la individuación de los internos separándolos de su entorno por medio del encierro y de una vigilancia que se desplaza de la torre de control hacia la propia mente o alma de cada individuo. La introspección, de este modo, se convierte en un dispositivo disciplinario que el sujeto ejerce sobre sí mismo.

En El panóptico ciego, la cámara –una nave a la deriva– se adentra en los procesos de interiorización del sujeto moderno. En la escena descrita, su recorrido inicia en lo que podemos llamar el cerebro –la torre de control en donde habita una memoria desordenada en cajas de documentos amontonadas por todas partes– y luego se sumerge en la afectividad del sujeto –el descenso a las profundidades de la antigua cárcel. Así pone en evidencia la mala conciencia o el sentimiento culposo que se encuentra en la base de la subjetividad del prisionero. El resultado, sin embargo, en lugar de ser un sujeto rehabilitado o un cuerpo dócil, es un sujeto estresado, atormentado, incapaz resistir el peso de su propia conciencia. El recorrido hacia el interior de mentes individualizadas o aisladas, por tanto, es un viaje al abismo. La conciencia del encierro se transforma en un punto ciego en tanto los dispositivos disciplinarios desarrollados a partir de la imposición de la culpa son tan despiadados que los prisioneros necesitan evadirlos para poder escapar de sí mismos, cosa que consiguen gracias al consumo frecuente de estupefacientes.

De acuerdo con Jen Manion, el nacimiento del sistema carcelario en USA, en su afán por regular “conductas perversas” o queer (en particular en lo referente al sexo y la sexualidad), terminó dando forma a las mismas identidades o comunidades queer que se quería erradicar. En el panóptico ciego, el consumo de drogas tiene un funcionamiento similar. Resulta que en el antiguo penal de Quito, aquello catalogado como perversión –la droga– se transforma en un elemento fundamental en la vida cotidiana de los prisioneros. En primer lugar, se tolera el consumo de drogas en la antigua cárcel con el fin de reducir los altos índices de violencia entre los internos; en segundo lugar, la droga permite a los presos hacer más llevadera su condena y resistir la estresante experiencia del encierro. El consumo de estas substancias –entre las que destacan la heroína, la pasta base de cocaína, el alcohol (chamber) y la mariguana–, desde esta perspectiva, permitió cegar la omnipotencia de la mirada tormentosa y vigilante interiorizada en la propia conciencia de los internos.

En 2005, Mateo Herrera, también con la colaboración de Jorge Núñez, quien hacía su etnografía al interior de la cárcel, filmó el documental El Comité en el ex-penal García Moreno cuando este todavía estaba habitado. Me gustaría rescatar un par de escenas. En la primera, uno de los internos da su testimonio acerca del uso de la mariguana. Dice que el encierro sume al preso en la desesperación debido a que el tiempo se hace demasiado largo, pasa con excesiva lentitud. Fumar mariguana, por tanto, le sirve para dejar de lamentarse, culparse o deprimirse. Un par de cigarrillos de esta hierba, afirma, ayuda a que esas 24 horas que no pasaban nunca, se conviertan en un día perdido, un día menos y eso, según él, constituye una fortuna en las brutales condiciones del encierro. Perder el tiempo evadiendo la conciencia, en este caso, es un objetivo prioritario, por cierto mucho más importante, que el anhelo de una rehabilitación incapaz de materializarse.

En la segunda escena, un grupo de internos prepara una dosis de heroína. Tres de ellos se encierran en una de las celdas junto con los realizadores. El dueño de la celda, saca un paquetito de heroína y lo vierte en una pequeña lámina de aluminio. Prende una fosforera y calienta la droga por debajo del metal para ofrecérselo a uno de sus compañeros, quien inhala el humo con una pipa de vidrio. Inmediatamente, los ojos de este último se desorbitan. El dueño de celda le interroga: “¿qué efecto te causa?”. El intoxicado apenas atina responder que le ayuda a calmar el dolor señalando con el dedo índice su mandíbula. Su compañero insiste: “… y a nivel mental, ¿te ayuda a olvidar la cárcel o el encierro?” “Sí, te tranquiliza”, responde.

No interesa si la respuesta es inducida o no, o si el dueño de la celda proyecta su experiencia personal sobre su compañero. El hecho a destacar es que en ambas escenas-testimonios, queda claro que la conciencia culposa es un sentimiento que atormenta a los internos, quienes, en muchas ocasiones, se juzgan a sí mismos con más crudeza y crueldad que quienes los condenaron. Es por esto que el panoptismo en Quito más que producir cuerpos dóciles o sujetos rehabilitados, lleva a cabo un proceso de introspección infernal que descontrola a un número significativo de presos, quienes se sumergen en el abismo de la droga con el propósito de cegar su mala conciencia –la vigilancia interiorizada.

La constitución del preso como sujeto, a diferencia de lo que argumenta Foucault, presenta una falla esencial en el antiguo penal quiteño. En lugar de llevarlo a la autorreflexión con el fin de corregirse, el proceso de introspección del interno lo hunde en la desesperación que trae consigo la condena moral. El preso, de este modo, experimenta un desarraigo intenso y un mayor aislamiento social; es decir, una experiencia traumática. Es por esto que en lugar de producir sujetos dóciles, el antiguo panóptico de Quito produce adictos altamente estresados, quienes para escapar de su individualidad y liberarse de la culpa, recurren al consumo drogas agravando aún más su desconexión social.

Según el investigador médico, Gabor Maté, el adicto es un sujeto cuya afectividad se encuentra perturbada no sólo psicológica, sino también fisiológicamente, en la medida en que el funcionamiento cerebral que gobierna su sistema emocional no está desarrollado a plenitud y, por eso, funciona deficientemente. Esto hace que la capacidad del adicto para construir lazos afectivos sea bastante reducida o precaria. En la mayoría de los casos, este desbalance o desorden en la química cerebral, según este especialista, se relaciona con experiencias traumáticas que, en la mayoría de los casos, se remontan a la temprana infancia y, por lo general, están ligadas al aislamiento, el abandono, el estrés, etc.

En el ex-penal, la droga ayuda a los internos a hacer vivible una realidad insoportable producto del encierro y el estigma social que, además, se mezcla con experiencias traumáticas anteriores. No obstante, también les clausura cualquier posibilidad de futuro o de rehabilitación en tanto la angustia del encierro, el aislamiento y el estrés crean las condiciones propicias para que la adicción se expanda con la consiguiente profundización del trauma.

A modo de conclusión, me gustaría señalar que el título del libro de Maté, In the Realm of Hungry Ghosts (En el reino de los fantasmas hambrientos), es bastante iluminador. La cámara de El panóptico ciego nos muestra cómo en los objetos, paredes, celdas y demás espacios del antiguo panóptico, habitan los fantasmas de memorias atormentadas. Estos fantasmas hambrientos traen consigo altísimas dosis de sufrimiento y dolor que, para muchos, solo se pueden aliviar mediante el consumo de estupefacientes. El consumo de drogas, sin embargo, implica a su vez la prolongación de la desconexión y el aislamiento, o sea, el caldo de cultivo ideal para desarrollar o extender la adicción. La experiencia intoxicada en el antiguo penal de Quito, por tanto, significó la perpetuación de un círculo vicioso en el que el tormento, mas no la rehabilitación, fue el denominador común.

[1] Este ensayo se nutre de la lectura benjaminiana de mi profesor, Hermann Herlinghaus, quien realiza una conexión entre la deuda/culpa con la experiencia intoxicada, la subjetividad moderna y la afectividad marginal en su libro Violence Without Guilt. Los aportes de mi buen amigo, Julio Ramos, especialmente sus textos, “Ficciones del sujeto moderno” y “Descarga acústica” junto con sus reflexiones sobre la construcción de la subjetividad del adicto en la sociedad de control contemporánea, informan mi abordaje y comprensión de la experiencia de la droga.

[2]Ledy Zuñiga, Ministra de Justicia, Derechos Humanos y Cultos, en la contratapa del DVD dice lo siguiente sobre la clausura del expenal García Moreno: “Este es un hecho histórico para Quito y el país, es el inicio del proceso de transformación del sistema penitenciario y de un verdadero proceso de rehabilitación social para las personas privadas de libertad”. Sin embargo, el nuevo centro carcelario, a diferencia de lo que sugiere la ministra, más que seguir una política humanitaria, parece regirse por los principios de lo que la teórica norteamericana, Angela Y. Davis, define como el Complejo Industrial Carcelario estadounidense y sus prisiones de máxima seguridad. En este modelo carcelario, la industria del castigo es inseparable de las reformas neoliberales, las cuales incrementaron el número de prisioneros (buena parte de ellos condenados por delitos de narcotráfico). El Complejo Industrial Carcelario se caracteriza, entre otras cosas, por una mayor desposesión (el proceso de mudanza de los internos del antiguo expenal al nuevo Centro de Rehabilitación en Latacunga da cuenta de este proceso), un aislamiento mayor de los internos respecto de sus comunidades de origen y una privatización del sistema carcelario. Aunque, en el Ecuador, no se ha producido una privatización de las prisiones como en Estados Unidos, la arquitectura del nuevo centro de rehabilitación y los uniformes anarajandos de los internos (las fotos exhibidas en el expenal poco después de su cierre son bastante elocuentes) dan cuenta de la manera en que el Complejo Industrial Carcelario va tomando forma en el país.

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