El fetichismo del líder

Por Sebastián Vallejo

@vallejo086

stalin como timonel de la nave del comunismo

Erika Sylva, en la edición del 17 de mayo, plantea una pregunta: Correa, ¿estorbo o necesidad? Para Sylva es una necesidad. Y es una necesidad porque es parte de ese “juego de la historia que coloca a unos individuos” en el rol de líderes. Precisamente por ese rol, son también aquellos que se convierten en “blancos del imperio y sus felipillos”, como lo fueron Lula, Dilma, Chávez, Maduro, Evo, y nuestro propio Correa. Su crítica luego se enfoca hacia “nuestras propias filas”, donde se “alzan voces que reniegan de esos liderazgos”. “Aquí se ha llegado a afirmar que la presencia de Correa es ‘lo menos importante’”, a lo cual me siento en la obligación de responder, porque eso lo escribí yo. Este texto es una extensión de mi réplica en El Telégrafo.

Pero comenzaré diciendo que hay una falta de contexto para la cita, que sale de un artículo sobre las limitaciones del colectivo “Rafael Contigo Siempre” y su cruzada por plantear en referéndum la candidatura del presidente Correa en el 2017. En parte, el colectivo viene a ser una extensión de la posición de Sylva, pero de eso más adelante. Además de la falta de contexto, eso no es la idea completa. Mis palabras fueron: “(Correa) debería ser lo menos importante” dentro del proceso. Es decir, que no lo es. Rafael Correa se ha convertido en el proceso. Una dinámica individual de liderazgo necesaria dentro del proceso revolucionario, pero que no puede ser la única dinámica dentro del proceso de cambio. Más aún, el proceso de cambio no puede detenerse si lo descabezan (algo que Sylvia condena del “imperio” y crítica de quienes cuestionan, desde adentro, las características del liderazgo, lo cual, desde su visión, es tan malo como lo primero). Porque entonces, o bien no están dadas las condiciones objetivas para que ocurren los movimiento históricos, o bien la historia es un producto de la condiciones subjetivas, de los individuos, de los “grandes hombre y mujeres”, lo cual es regresar a la historia burguesa.

Hay un discusión sobre el rol del líder que ha estado ausente dentro del debate nacional (lo cual no es de extrañarse, porque el debate nacional es, básicamente, dos monólogos) y, más importante aún para el futuro del partido, dentro de PAIS. La posición de Correa como líder del partido es incuestionable. Pero la figura de Correa se ha convertido en el proceso, el plan, y la ejecución: Correa es el partido. Y es una fenómeno que se manifiesta en esa expresiones donde Rafael Correa es el “gran líder” y también el único “líder”; donde Rafael Correa es el “gran administrador” y también el único “administrador”; donde Rafael Correa fue un “gran presidente” y también el único capaz de seguir siéndolo. Lo más tangible de esta manifestación es el colectivo “Rafael Contigo Siempre”, pero por lo menos este movimiento para  perpetuar al “héroe” es un proceso de bases, aunque no sean las bases del partido (y aunque sean bases “sin bandera política”, lo cual es la primera señal de alarma). Pero en esencia, no se distancia de mucho de sugerir que Correa, el individuo, es la expresión de “nuestra propia historicidad, (…) nuestra humanidad” (palabras de Sylva). En definitiva, crean un fetichismo del líder (en el sentido más marxista de la palabra).

En el primer volumen del El Capital, Marx explica como el capitalismo funciona creando la ilusión que los objetos creados por las personas son, de alguna manera, independientes de su trabajo creativo, apenas expresiones de intercambios en una circulación que ha olvidado sus raíces en la actividad humana. Es el “fetichismo de la mercancía”. En nuestro contexto nacional, lo que estamos es frente al “fetichismo del líder”. Parece que dentro de PAIS se han olvidado de dónde viene el líder; en qué circunstancias llega el líder; y a quién responde el líder. Lo cual, en parte, es un representación de las limitaciones revolucionarias de la Revolución Ciudadana. Es decir, la limitación de sus alcances como modelo de transformación, de reforma estructural, y no solo como una perpetuación del paradigma neokeynesiano sustentando por la capacidad de una persona. Pero también es una muestra de esa “reificación” de la cual hablaba Lukács, el olvido del origen de las cosas y la naturalización de las actuales relaciones sociales, incluida la idea burguesa de la “historia desde arriba”.

El mismo Lukács sugería que lo que se necesita recobrar es el rol constitutivo del sujeto colectivo (el mismo que ha hecho historia inconscientemente en el pasado, pero que hará historia conscientemente en el futuro, y se reconocerá en su creación). Mientras recordar no será suficiente para la revolución, sin este paso ningún tipo de revolución es posible. Lo cual nos devuelve al devenir de nuestra propia “Revolución Ciudadana”, donde el sujeto colectivo no es más que un voto en las urnas, y no un agente de transformación. Si regresamos al ejemplo del colectivo “Rafael Contigo Siempre”, es precisamente eso, un sujeto colectivo que quiere transformar la historia a través de la agencia que se le da a un individuo. Individuos que no son “peligrosos(as) porque se constituyen modelos a imitar” como sugiere Sylva, sino que son “peligrosos”, para el “imperio”, en cuanto son los generadores de los momentos históricos. Y son peligrosos para la “revolución”, porque son modelos a imitar desde su capacidad individual, y no desde su accionar desde lo colectivo.

Entonces es necesaria una reflexión acerca del rol del líder en los procesos “revolucionarios”, y también en aquello que todavía no lo son. En el libro de Alan Wood sobre la Revolución Venezolana, hay una conversación con Hugo Chávez, en donde Chávez habla sobre la impresión que el libro “El rol del individuo en la historia” de Plekhanov tuvo en él. Plekhanov creía en la necesidad de los “grandes hombres”, en el sentido en que estos (y estas) son originadores, iniciadores, capaces de “ver más lejos que los otros, y desear las cosas de manera más fuerte que los otros”. El líder como el instrumento supremo de la búsqueda hacia la conclusión de la historia. Me imagino que Sylva se refiere a esto: esa idea hegeliana (¿?) del “hombre histórico-mundial”. Lenin, en parte, encarnó este proceso, y fue su liderazgo el que permitió que se conjugue el Partido Bolchevique y el triunfo de la Revolución. Pero hasta Lenin buscó una democracia plena de la clase trabajadora, inclusive una independencia de las organizaciones de trabajadores, lo cual en si es un mecanismo para buscar las transformaciones desde abajo (algo que se detuvo con el ascenso de Stalin al poder).

A esto se le puede aumentar el corolario de Plekhanov, quien advirtió desde temprano, sobre confundir “la dictadura del proletariado con la dictadura sobre el proletariado”, y como el rol de los individuos “no es solo para los iniciadores y para los ‘grandes hombres’ para el cual este amplio campo de actividad está abierto, (…) sino para todos aquellos que tienen ojos para ver, oídos para escuchar y corazones para amar a su vecino”. En otras palabras, no se niega el papel de los individuos en las luchas sociales. Lo que se busca es resolver la relación dialéctica entre el individuo (lo subjetivo) y las fuerzas estructurales (lo objetivo) que gobiernan los movimientos de la historia. Cuando el individuo está por encima del sujeto colectivo, tenemos aquello que el propio Plekhanov criticó sobre Lenin (al igual que Luxemburgo y  Trotsky lo harían), y que luego Lenin criticaría sobre Stalin, y es un centralismo sostenido sobre un burocracia oportunista de partido, conservadora, y autodestructiva. Y en el centro de todo, el líder.

Esto no es una comparación entre le Revolución Bolchevique y la Revolución Ciudadana. No son las mismas condiciones históricas, ni las mismas estructuras sociales. Simplemente es una manera de ilustrar la importancia que los procesos de cambios, que necesitan de un líder, también deben ser alimentados por los movimientos orgánicos de las bases. Este dinamismo también implica cambio y descentralización. Cuando el partido y, peor aun, cuando los colectivos de base caen en ese “fetichismo del líder”, se pone toda la agencia en el individuo, sin contextos, y sin otra discrecionalidad, que la del líder.

Si los individuos, y los líderes, son un producto de sus contextos, entonces el líder-individuo (i.e. el “Correa”, el “Lula”, la “Dilma”, etc.) no puede ser indispensable, mientras que el líder como representante de la historia lo debe ser. No concuerdo con esa tesis extrema de Engels sobre cómo la historia siempre ha encontrando un líder cuando ha sido necesario. Es un razonamiento circular e infalsificable. No siempre se ha encontrado un líder para llenar los espacios necesario en el devenir de la historia, en los procesos revolucionarios y en las grandes transformaciones. Pero esa falta de liderazgos, de líderes-individuos, muchas veces son un producto de nuestro “subjetivismo”, nuestro apego y nuestra confianza en las capacidades de uno, y solamente uno.

Si “el imperio y sus felipillos” van contra las cabezas del proceso es porque saben que sin esas cabezas el proceso se derrumba. Entonces no es un problema solo del imperio, sino de la estructura de nuestros procesos revolucionarios. Procesos que sin el individuo ya no lo son. Sí, la historia puede poner al individuo “cuyo talento se corresponde mejor que otro a las necesidades de la época” en el rol del liderazgo, pero no por eso podemos confundir al proceso con el individuo. Y la gran limitación de nuestro proceso es que no parece tener una base estable sin su líder. Que si bien se debe luchar para que “el imperio” no triunfe en sus ataques contra los líderes, también se debe trabajar para que este sea un proceso orgánico, guiado por las bases, no por las élites. Ese, se suponía, que era la Revolución Ciudadana, énfasis en lo ciudadano.

El líder no es un “estorbo”, hasta que comienza a serlo. No por su capacidad, ni por sus errores o aciertos (de los cuales Correa ha tenido ambos). Se convierte en “estorbo” cuando el resto pone todo su confianza en ellos(as), cuando son el motor de la historia, cuando son el proceso. El líder es un “estorbo” cuando se vuelve imprescindible al proceso. Y es importante notar, que esta no es una crítica hacia Rafael Correa. Dadas la circunstancias actuales, si Correa decide retirarse (¿momentáneamente?) de la política en el 2017, como ha repetido con particular consistencia, habrá entendido su rol dentro de la historia. Y lo habrá entendido mucho mejor que el resto del partido.

Gaithersburg, 24 de mayo del 2016

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