De cómo hacer periodismo en Ecuador se volvió utopía: más allá del mito liberal y del dogma correísta.

Por Galo Vallejos Espinosa

Periodista y escritor. Doctorando en la Universidad del País Vasco.

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A finales de los años sesenta, el pensador, sociólogo y crítico literario ecuatoriano, Agustín Cueva Dávila (1937-1992), señalaba sobre el periodismo de este país enclavado en los Andes del norte de América del Sur:

“Nadie que vive el momento presente ignora la complejidad de los hechos políticos y sociales. Marxistas o no, cuantos participan de la cultura sigloventina saben que disturbios, manifestaciones, huelgas, paros, revoluciones y guerras no son hechos gratuitos o atribuibles a la acción de entes malignos. La reflexión sobre lo social se ha desarrollado suficientemente como para que cualquiera, de mediana instrucción no más, entienda que así como las plantas no crecen o se marchitan por solo el arbitrio divino, tampoco hay malestar social por decreto comunista. Cualquiera… menos nuestros periodistas. Para ellos, el mundo sigue siendo un cuadro en blanco y negro, con “buenos” aquí, “malos” allá, sin motivo, como en las películas de chullas y bandidos. Por demás está decir que los tales periodistas están del lado del “bien” y su “misión” consiste en redactar consejos píos” (Entre la ira y la esperanza, 2008, página 188).

Más allá de la generalización del texto de Cueva, escrito hace casi medio siglo y re editado poco antes de su prematura muerte, el párrafo refleja el sentido crítico de la escritura del autor, quien en la citada obra hace una cruda disección de la cultura en lo que conocemos como Ecuador: colonizada desde la Conquista española hasta nuestros días.

Evidentemente, el periodismo es parte de las hipótesis de Cueva -en una modalidad de trabajo que él llamó ensayo histórico-, tomando en cuenta que informar la actividad mediática se ha concretado mayormente a través en emprendimientos productivos familiares, las cuales no han llegado a desarrollarse conforme a la matriz del gran capitalismo, esto, claro, antes de la irrupción de los medios denominados como públicos que llegaron con el correísmo en este siglo. Con limitaciones, con techo definido, de vuelo corto, siempre mirando el bolsillo a la hora de crecer. En otras palabras, a tono con el capitalismo criollo.

Un gestor cultural, devenido de crítico musical y de cine en realizador audiovisual, reflexionaba en una entrevista que le hice sobre la realidad de las artes y la cultura en el Ecuador. ¿Por qué no tenemos artistas de renombre mundial, como sí Colombia y Perú, nuestros vecinos? Simple: la Economía ecuatoriana no da para aquello. Tenemos lo que podemos -me dijo, impasible.

El periodismo también llega a ser un reflejo de aquello. Las empresas periodísticas familiares no han despegado al nivel de otros países de la región -donde también los medios son cuestionados-, en los cuales el monopolio familiar se abrió paso en este campo. Ese desarrollo mediático pudiera ser tomado en cuenta, entre otras características, por la capacidad de dar un vistazo global, como sí se ha hecho en, para citar tres casos, Chile, Argentina o Colombia; que han llegado a estar presentes en los grandes conflictos del mundo con personal propio. Ni qué decir de Brasil, donde el entorno mediático es proporcional a su economía.

Tampoco se ha privilegiado la esencia del periodismo, que es la calle, la reportería. Los colegas se dedican a esa actividad son la tropa de los medios, ya que no existe un escalafón alto para los reporteros. Quien escribe estas líneas fue soldado de medios escritos por casi una década, antes de ocupar puestos medios, como son los de jefe de sección, coordinador o editor; los cuales responden más a cuestiones burocráticas, es decir a aspectos relacionados con la dirección de radios, televisoras o diarios. Por lo tanto, responden a intereses directos de los medios.

Dentro de las salas de redacción, debido al papel que cumplen en una dinámica como elementos secundarios del negocio, los reporteros se han desempeñado en condiciones precarias. Los sueldos no son altos y las condiciones no son las mejores. En alguna ocasión conversaba con una ex editora de un medio impreso y le comentaba que los propietarios de un medio privilegiaban el transporte para llevar el postre preferido de la directora, a diario, pese a que los reporteros no siempre tenían la movilización debida. Ella, la ex colaboradora del medio, me decía que los propietarios tenían el derecho de hacer con los bienes de la empresa lo que ellos quisieran por su condición de dueños. La homologación del sueldo mínimo para periodistas con título universitario (decretada por el Gobierno actual y que supera los 860 dólares), no se ha implementado en los hechos totalmente. Las últimas reformas laborales que retornan al trabajo precario en ciertos casos, no abonan a que esa norma se aplique con fidelidad. De aquello, los testimonios abundan, sobre todo en los medios menos consolidados económicamente.

Tampoco los periodistas podemos defender nuestro trabajo con propiedad ya que no hemos privilegiado la agremiación, a diferencia de otras profesiones, que colegian a sus integrantes siempre y cuando hayan obtenido su título universitario, como abogados, médicos, contadores, ingenieros, economistas… Detrás de ese hecho está el principio de Libertad de Expresión -entendido desde el liberalismo más recalcitrante, obviamente-; que, traducido a la práctica, cuestiona la formación universitaria de los comunicadores y que sugiere (o más bien casi  ordena), que los medios formen a sus periodistas sin recurrir a la Academia, sobre todo en los países que no están dentro del círculo del capital privilegiado.

De todos estos aspectos de los medios de comunicación puertas adentro, se aprovechó con eficacia el correísmo, con un líder que empezó a cuestionar desde que llegó a Carondelet sus prácticas, privilegiando el enfrentamiento simbólico con los propios medios, sobre todo con sus directivos, propietarios y/o figuras públicas. Los periodistas de a pie, sin representación gremial, quedaron al margen.

Bordieu, sociólogo francés y crítico del periodismo, resumía así la condición de esta actividad:

“Hay una paradoja de base: es una profesión muy poderosa, compuesta por individuos muy frágiles. Allí se produce una notable discordancia entre el poder colectivo -considerable- y la fragilidad estatuaria de los periodistas, que se encuentran en una posición de inferioridad tanto respecto de los intelectuales como de los políticos. A nivel colectivo, los periodistas arrasan. Desde el punto de vista individual, están en constante peligro. Constituye un oficio muy duro -no por azar hay allí tanto alcoholismo- y los jefecitos son terribles. No sólo se quiebran las carreras, sino también las conciencias, lamentablemente. Los periodistas sufren mucho. Al mismo tiempo se vuelven peligrosos: cuando un ámbito sufre, termina transfiriendo su dolor hacia afuera, bajo la forma de la violencia o el menosprecio” (Pensamiento y acción, 2005, página 69).

El periodismo entró en un juego de acusaciones motivado por el Gobierno, que se azuzó con la normativa legal decretada y que creó una serie de castigos para las “malas” prácticas. Tras ellas, el periodismo ha quedado más lesionado, casi postrado, motivado, además, por la desinversión de los capitalistas de las empresas periodísticas, que justificaron su acción por las leyes impuestas. También porque en la rivalidad los medios particulares han representado a una oposición liberal, pro-mercado a ultranza.

En los medios públicos de reciente creación, nutridos en una gran mayoría por periodistas que sirvieron a los privados, más allá de la novedad de su emergencia, no ha sucedido mucho. Se han convertido en panegíricos oficiales. Sin embargo, han motivado ciertos espacios centrados en interculturalidad, diversidad étnica y otros temas de reivindicación social que fueron reclamados durante años, mas no en los económicos y políticos. Su sometimiento a la agenda y discursos oficiales no han aportado a la diversidad de criterios en el espectro público.

En pocas palabras, los medios, tanto públicos como privados, aún responden a la ácida definición de Agustín Cueva sobre el periodismo ecuatoriano registrada al inicio de este texto. Su aparente  polarización evidencia sometimiento a poderes políticos y/o económicos que se ha sucedido históricamente y que no necesariamente se contradicen en sus actos. Las damnificadas finalmente son las audiencias, carentes de información y perspectivas sobre los acontecimientos que suceden día a día, registrados a discreción por cada bando.

Como sucede en la situación política actual, la mediática no ofrece mayores horizontes, ya que carece de trabajo, de calle como se dijo anteriormente. Los medios privados y públicos no respondieron con su mejor arma: el trabajo informativo, vertido y diversificado a través de los distintos géneros periodísticos, sino más bien con opinión. Esto sucede de manera especial con ciertas páginas electrónicas, las cuales básicamente emiten criterios personales o grupales y responden a aquellos colegas que ocuparon puestos directivos en los medios privados.

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